Me siento tan mal. Me duelen los ojos de tanto llanto. Me duele el cuerpo de tanto sostener mi dolor. Hoy recibí otra prueba de tu desinterés por mí. Pero apenas ayer tus palabras decían lo contrario, cuando me pedías perdón por el miedo que te da decirme que me quieres. Ya no sé como reaccionar contigo. Hoy por primera vez lamenté haberte conocido, porque ahora entiendo que no conocerte hubiera sido la única forma de no enamorarme de tí. Y sé que no sirve de nada tratar de aclarar las cosas, que si te escribo mis razones no las lees, que aunque te lo diga vas a elegir escuchar otra cosa, y que nada de lo que tu digas puede darse por definitivo, pues con una facilidad pasmosa puedes negarlo. Y aunque sé que cuando dices "te amo" sólo es cierto durante esos momentos en que tardas en decirlo, aún así atesoro esas palabras como si contuvieran el único motivo para ser feliz. Hoy otra vez deseo romper este círculo de dolor. Pero todavía no encuentro como....
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Hace unos días llamaste para decir otra vez que me amas, que anhelas el momento en que intimemos, que sabes que eres mi futuro, y que soy el ancla que detiene tu deriva. Durante los siguientes días llamabas diario, a veces varias veces al día para escuchar mi voz, lamentando la distancia que nos separa. Luego dejaste de llamar. Pese a que la distancia se redujo al visitar mi ciudad, no me buscaste, preferiste la compañía de alguien más. Se reanudaron las llamadas pero ya sin el amoroso y seductor tono que empleaste antes. Volviste a tratarme como a una amiga. Cuando me buscaste volviste a hablarme de tu soledad, de tu vacío... y de cómo no encuentras como llenarlo. Pedirte que aclaremos las cosas no sirve de nada. Jamás respondes preguntas directas. Sin fuerzas para prohibirte que sigas sembrando sentimientos y sensaciones en mí, o para alejarme definitivamente de tí, sigo esperando con anhelo el momento en que enloquezcas nuevamente, y me digas otra vez que me amas. Y esperar que ésta vez sí sea verdad....
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Los besos en la pantalla televisiva parecen tridimensionales y las cursis canciones de la radio parecen hablar de mí. Mantengo la sonrisa hasta que la ansiedad la transforma en una mueca nerviosa. El teléfono no suena y mis dedos se crispan sobre sus teclas. ¿Por qué no llama?, ¿lo llamo yo? El día empieza desde las frías madrugadas abofeteándome con el repaso infinito de cada palabra que dijo, cada gesto, cada modulación en la voz. Con la pregunta de cómo sería su piel contra la mía y cómo se oiría mi voz ahogando su nombre en un suspiro. Una mañana no aguanto más y le marco. Contesta manifestando una grata sorpresa y entusiasmo por encontrarnos. El horizonte ya no parece lejano, el cielo ha dejado de ser intangible. Vuelvo a tener trece años y una ilusión por el compañero de banca. El cancela en el momento de confirmar pero ofrece una nueva fecha. Los minutos pasan lentos y el día parece no llegar. Nuevamente cancela pero el destino toma partido a mi favor, ayudándome a forzar un encuentro casual, y coincido con él cuando visito a conocidos comunes. Su despedida obsequia una promesa: “mañana nos vemos”. No ultima detalles, llamará para confirmar. Y el día se detiene conmigo sentada al lado del teléfono, alterada y ansiosa cual adicta en período de abstinencia. El reloj es mi enemigo y el teléfono, verdugo. Su timbre burlón siempre requiere a alguien más, ignorándome a propósito. La noche se sienta sobre mi haciéndome sacar conclusiones rebuscadas: Tal vez el teléfono no sirve. Tal vez entendí mal y debí llamar yo. Tal vez le ocurrió algo... Siempre hay catástrofes. Desastres naturales. La ciudad es tan insegura. Y hay gente tan mala. Tal vez está desangrándose sin lograr alcanzar su celular... O tal vez nunca tuvo intención de llamar. Me obligo a sacar mi reserva de dignidad para no llamarle. Pero grito su nombre con letras mayúsculas en solitarios pedazos de papel. Para invocarlo. Para que piense en mí, tal como yo lo hago a cada momento. La ansiedad me hace salir a la calle y recorrer los lugares por los que sé que pasa, en un torpe, ridículo intento por coincidir con él. Visito a amigos mutuos recogiendo respuestas que me permitan conocerlo más. Sé tan poco de él. Hace tan poco que se metió en mi vida y tengo ya tanta hambre de sus labios y sus ideas. Cada que suena el teléfono me prevengo mentalmente diciéndome: “no es él”, para que duela un poco menos pasarle el auricular a alguien más. La suma de días y madrugadas insomnes no reducen la sensación de perdida, de frustración; de saberme incompleta. El sabor del vacío. El peso de las frases que no le dije y que necesito decir. Las que dijo él. Me tortura, sobretodo, recordar el entusiasmo y la insistencia con que solicitó que siguiéramos viéndonos. ¿Dónde quedaron? ¿Por qué se perdieron? Aunque el espejo me da cien razones, ni el mar inundando ciudades, ni la hambruna asesina de niños, ni la endeble salud de mis seres cercanos, ocupan tanto tiempo ni tanto espacio en mi cabeza como esas dudas. La obsesión crece. La soledad debilita. Un día no me detengo a pensar y actúo conforme a mis pulsaciones. Oírlo después de tantos meses me desequilibra emocionalmente. Tartamuda y torpe hilo frases inconexas. Pero su saludo es entusiasta. Una explosión de voz me hace saber de su gusto por escucharme. La conversación se corta y cuando logro comunicarme de nuevo, se disculpa por estar ocupado. Ofrece devolver la llamada más adelante. Sospecho que no lo hará y el paso del tiempo me lo confirma. Sólo buscaba una salida amable. Me recrimino por ser tan débil, tan ilusa, tan neciamente ingenua. Los hombros me duelen de cargar por tanto tiempo el peso de esta ilusión y de todas las decepciones. ¿Por qué no aprendo? Me irrito conmigo misma. Me desespera y me enfada el descontrol que tengo sobre mis propias emociones. A mí el amor me discapacita, me obstruye la facultad mental. Nunca soy más estúpida que cuando estoy enamorada. Me hago el juramento de terminar con este absurdo. De abortar este amor que nació muerto. Me prometo ser firme esta vez. No volver a pensar en él. Entonces suena el teléfono. Es él. Se disculpa, agradece mi llamada y reitera su agrado por escucharme. Sigue ocupado y lamenta no poder atenderme, pero sugiere que mantengamos el contacto; propone que platiquemos con calma al día siguiente. “Yo te llamo”, ofrece. Otra vez entusiasta. Otra vez amable. Otra vez demostrando un interés genuino y palpable (no lo imagino, es real). “Eres Mónica, ¿verdad?”, confirma. No es mi nombre. Se disculpa y explica la confusión: guardó mi número en otro registro. Se disculpa. Se disculpa y reitera su ofrecimiento de llamar. Se despide y se disculpa otra vez. Y otra vez. Sigue disculpándose y despidiéndose incluso cuando ya estoy colgando, desmembrada, escaldada, vencida. Todo este tiempo sin poder sacármelo de la cabeza y él ni siquiera sabe mi nombre. Por supuesto, no ha llamado...
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Hoy la soledad tiene nombre: Víctor. Víctor y su frente amplia que acusa una calvicie temprana. Víctor y sus más de ciento ochenta centímetros de altura, su voz grave y su entusiasmo al decir que trabaja por México. Le gusta su trabajo. A mí me gusta su inteligencia, su integridad y su sonrisa abierta de dientes chuecos. Ignorante del efecto que tenía en mí, estrechaba mi mano entre la suya, siempre tibia, y estampaba un beso sonoro en mi mejilla. Su único pecado fue ser amable. Un par de frases cordiales, una muestra de empatía y en mi cabeza se desencadenó toda una historia de un futuro juntos. Su presencia, efímera y breve, se convirtió en una ráfaga refrescante en mi tediosa rutina laboral. Nuestras conversaciones nunca fueron largas. Pero el último día ignora al reloj que siempre lo presiona y se acomoda para platicar conmigo por casi una hora. Habla con vehemencia de su proyecto. Lo descubro positivo e idealista. Normalmente no son cualidades que aprecie, pero esta vez me conmueve el orgullo con que dice no aceptar sobornos y la lealtad con que defiende a sus compañeros. El cinismo no la ha alcanzado. Yo que soy tan diferente lo confundo con sarcasmos que no logra entender. Inconscientemente inclina su cabeza hasta acercarla a la mía, revelándome información confidencial. Me tiene confianza. Le importa mi opinión. Descubrirlo me emociona y me impide concentrarme en lo que dice. Trato de poner atención, pero sus labios gruesos y su barba de dos días me distraen, perdiéndome de algo importante. El cree que lo escucho y me pregunta si estoy de acuerdo. Para salir del paso, contesto una ambigüedad y enseguida agrego algo que llevo ensayando durante días. Lo que oye lo complace, lo interesa aún más por lo que puedo decir. Tanto que propone reunirnos para seguir conversando. Hay un intercambio de números telefónicos y una promesa de encontrar un espacio en los próximos días. Tres veces se despide y tres veces reanuda la plática. Las mismas que reafirma el compromiso de vernos. Finalmente, me espera para acompañarme en el trayecto. Antes de separarnos vuelve a hacer hincapié en que nos veamos mientras ofrece llamar. Pese a que intento ser prudente, el interés que demuestra me abruma y me confunde. Me sobrepasa. Es curioso como de repente el mundo entero sobra. Y el pequeño sol que guardaba en mi caja toráxica se enciende emitiendo una lucecita cálida. No puedo dejar de sonreír. Y soy más generosa, más ordenada y mejor persona. Sorpresivamente, justo cuando alardeaba de inmunidad y escepticismo, toda esa estupidez del amor me agarra desprevenida, alejándome de la calma, de la apacible marea de la apatía......
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“Te amo”, dijiste. Y el escucharlo cimbró los endebles cimientos de mi cordura. La caricia de tu voz sembró la ansiedad en toda mi piel, dejando mi cuerpo minado, susceptible a tu liviano roce. “Te amo”, dijiste, fijando tus ojos marinos en mi soledad lacerante, desnudándola del todo y exponiéndola ante mí, convenciéndome de la imperiosa necesidad de tu regazo, de mi fatal incapacidad de sobrevivir a la desolación y al frío. “Te amo”, me dijiste. Intentado alcanzar mis labios antes de decir adiós, capturando –en su lugar- mi sorpresa, mi recelo, mi lucidez; mostrándome un arrecife de tonos vivos y hedonistas, contrastante con mi mundo taciturno y monocromático. “Te amo”, repetías. “Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo”. No tienes ni puta idea de lo que significas para mí”. Cobarde, retrocedí rebasada de lágrimas; tenías razón: no tenía idea, no lo sabía... no lo sé aún. “Te amo”, dijiste. Y nunca mas te lo oí decir....
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En un millón de rostros: tus ojos claros. Canción popular sudamericana....
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Esta es la habitación de atrás en la red, ese cuartito oscuro en que la desolación se abraza a las sombras. Este espacio es de todos, especialmente de quien se siente solo y necesita dejar salir su dolor, su miedo, su desamor, su desesperanza, su culpa o su ahogo para sentirse mas ligero; para quien busca un reflejo, un eco o una silueta en que reconocerse para comprobar que existe. ...
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