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Hoy la soledad tiene nombre: Víctor. Víctor y su frente amplia que acusa una calvicie temprana. Víctor y sus más de ciento ochenta centímetros de altura, su voz grave y su entusiasmo al decir que trabaja por México. Le gusta su trabajo. A mí me gusta su inteligencia, su integridad y su sonrisa abierta de dientes chuecos. Ignorante del efecto que tenía en mí, estrechaba mi mano entre la suya, siempre tibia, y estampaba un beso sonoro en mi mejilla. Su único pecado fue ser amable. Un par de frases cordiales, una muestra de empatía y en mi cabeza se desencadenó toda una historia de un futuro juntos. Su presencia, efímera y breve, se convirtió en una ráfaga refrescante en mi tediosa rutina laboral. Nuestras conversaciones nunca fueron largas. Pero el último día ignora al reloj que siempre lo presiona y se acomoda para platicar conmigo por casi una hora. Habla con vehemencia de su proyecto. Lo descubro positivo e idealista. Normalmente no son cualidades que aprecie, pero esta vez me conmueve el orgullo con que dice no aceptar sobornos y la lealtad con que defiende a sus compañeros. El cinismo no la ha alcanzado. Yo que soy tan diferente lo confundo con sarcasmos que no logra entender. Inconscientemente inclina su cabeza hasta acercarla a la mía, revelándome información confidencial. Me tiene confianza. Le importa mi opinión. Descubrirlo me emociona y me impide concentrarme en lo que dice. Trato de poner atención, pero sus labios gruesos y su barba de dos días me distraen, perdiéndome de algo importante. El cree que lo escucho y me pregunta si estoy de acuerdo. Para salir del paso, contesto una ambigüedad y enseguida agrego algo que llevo ensayando durante días. Lo que oye lo complace, lo interesa aún más por lo que puedo decir. Tanto que propone reunirnos para seguir conversando. Hay un intercambio de números telefónicos y una promesa de encontrar un espacio en los próximos días. Tres veces se despide y tres veces reanuda la plática. Las mismas que reafirma el compromiso de vernos. Finalmente, me espera para acompañarme en el trayecto. Antes de separarnos vuelve a hacer hincapié en que nos veamos mientras ofrece llamar. Pese a que intento ser prudente, el interés que demuestra me abruma y me confunde. Me sobrepasa. Es curioso como de repente el mundo entero sobra. Y el pequeño sol que guardaba en mi caja toráxica se enciende emitiendo una lucecita cálida. No puedo dejar de sonreír. Y soy más generosa, más ordenada y mejor persona. Sorpresivamente, justo cuando alardeaba de inmunidad y escepticismo, toda esa estupidez del amor me agarra desprevenida, alejándome de la calma, de la apacible marea de la apatía... CONTINUARÁ... Compartido por Muñeca rota
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