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Los besos en la pantalla televisiva parecen tridimensionales y las cursis canciones de la radio parecen hablar de mí. Mantengo la sonrisa hasta que la ansiedad la transforma en una mueca nerviosa. El teléfono no suena y mis dedos se crispan sobre sus teclas. ¿Por qué no llama?, ¿lo llamo yo? El día empieza desde las frías madrugadas abofeteándome con el repaso infinito de cada palabra que dijo, cada gesto, cada modulación en la voz. Con la pregunta de cómo sería su piel contra la mía y cómo se oiría mi voz ahogando su nombre en un suspiro. Una mañana no aguanto más y le marco. Contesta manifestando una grata sorpresa y entusiasmo por encontrarnos. El horizonte ya no parece lejano, el cielo ha dejado de ser intangible. Vuelvo a tener trece años y una ilusión por el compañero de banca. El cancela en el momento de confirmar pero ofrece una nueva fecha. Los minutos pasan lentos y el día parece no llegar. Nuevamente cancela pero el destino toma partido a mi favor, ayudándome a forzar un encuentro casual, y coincido con él cuando visito a conocidos comunes. Su despedida obsequia una promesa: “mañana nos vemos”. No ultima detalles, llamará para confirmar. Y el día se detiene conmigo sentada al lado del teléfono, alterada y ansiosa cual adicta en período de abstinencia. El reloj es mi enemigo y el teléfono, verdugo. Su timbre burlón siempre requiere a alguien más, ignorándome a propósito. La noche se sienta sobre mi haciéndome sacar conclusiones rebuscadas: Tal vez el teléfono no sirve. Tal vez entendí mal y debí llamar yo. Tal vez le ocurrió algo... Siempre hay catástrofes. Desastres naturales. La ciudad es tan insegura. Y hay gente tan mala. Tal vez está desangrándose sin lograr alcanzar su celular... O tal vez nunca tuvo intención de llamar. Me obligo a sacar mi reserva de dignidad para no llamarle. Pero grito su nombre con letras mayúsculas en solitarios pedazos de papel. Para invocarlo. Para que piense en mí, tal como yo lo hago a cada momento. La ansiedad me hace salir a la calle y recorrer los lugares por los que sé que pasa, en un torpe, ridículo intento por coincidir con él. Visito a amigos mutuos recogiendo respuestas que me permitan conocerlo más. Sé tan poco de él. Hace tan poco que se metió en mi vida y tengo ya tanta hambre de sus labios y sus ideas. Cada que suena el teléfono me prevengo mentalmente diciéndome: “no es él”, para que duela un poco menos pasarle el auricular a alguien más. La suma de días y madrugadas insomnes no reducen la sensación de perdida, de frustración; de saberme incompleta. El sabor del vacío. El peso de las frases que no le dije y que necesito decir. Las que dijo él. Me tortura, sobretodo, recordar el entusiasmo y la insistencia con que solicitó que siguiéramos viéndonos. ¿Dónde quedaron? ¿Por qué se perdieron? Aunque el espejo me da cien razones, ni el mar inundando ciudades, ni la hambruna asesina de niños, ni la endeble salud de mis seres cercanos, ocupan tanto tiempo ni tanto espacio en mi cabeza como esas dudas. La obsesión crece. La soledad debilita. Un día no me detengo a pensar y actúo conforme a mis pulsaciones. Oírlo después de tantos meses me desequilibra emocionalmente. Tartamuda y torpe hilo frases inconexas. Pero su saludo es entusiasta. Una explosión de voz me hace saber de su gusto por escucharme. La conversación se corta y cuando logro comunicarme de nuevo, se disculpa por estar ocupado. Ofrece devolver la llamada más adelante. Sospecho que no lo hará y el paso del tiempo me lo confirma. Sólo buscaba una salida amable. Me recrimino por ser tan débil, tan ilusa, tan neciamente ingenua. Los hombros me duelen de cargar por tanto tiempo el peso de esta ilusión y de todas las decepciones. ¿Por qué no aprendo? Me irrito conmigo misma. Me desespera y me enfada el descontrol que tengo sobre mis propias emociones. A mí el amor me discapacita, me obstruye la facultad mental. Nunca soy más estúpida que cuando estoy enamorada. Me hago el juramento de terminar con este absurdo. De abortar este amor que nació muerto. Me prometo ser firme esta vez. No volver a pensar en él. Entonces suena el teléfono. Es él. Se disculpa, agradece mi llamada y reitera su agrado por escucharme. Sigue ocupado y lamenta no poder atenderme, pero sugiere que mantengamos el contacto; propone que platiquemos con calma al día siguiente. “Yo te llamo”, ofrece. Otra vez entusiasta. Otra vez amable. Otra vez demostrando un interés genuino y palpable (no lo imagino, es real). “Eres Mónica, ¿verdad?”, confirma. No es mi nombre. Se disculpa y explica la confusión: guardó mi número en otro registro. Se disculpa. Se disculpa y reitera su ofrecimiento de llamar. Se despide y se disculpa otra vez. Y otra vez. Sigue disculpándose y despidiéndose incluso cuando ya estoy colgando, desmembrada, escaldada, vencida. Todo este tiempo sin poder sacármelo de la cabeza y él ni siquiera sabe mi nombre. Por supuesto, no ha llamado
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