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Hace unos días llamaste para decir otra vez que me amas, que anhelas el momento en que intimemos, que sabes que eres mi futuro, y que soy el ancla que detiene tu deriva. Durante los siguientes días llamabas diario, a veces varias veces al día para escuchar mi voz, lamentando la distancia que nos separa. Luego dejaste de llamar. Pese a que la distancia se redujo al visitar mi ciudad, no me buscaste, preferiste la compañía de alguien más. Se reanudaron las llamadas pero ya sin el amoroso y seductor tono que empleaste antes. Volviste a tratarme como a una amiga. Cuando me buscaste volviste a hablarme de tu soledad, de tu vacío... y de cómo no encuentras como llenarlo. Pedirte que aclaremos las cosas no sirve de nada. Jamás respondes preguntas directas. Sin fuerzas para prohibirte que sigas sembrando sentimientos y sensaciones en mí, o para alejarme definitivamente de tí, sigo esperando con anhelo el momento en que enloquezcas nuevamente, y me digas otra vez que me amas. Y esperar que ésta vez sí sea verdad.
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